Lo peor de muchos vuelos no es ni pasarse más de tres horas en un avión, ni las turbulencias ni el escaso espacio entre asientos. Lo peor de muchos vuelos de largo recorrido – en el resto ya se sabe que ya nadie da ni unos cacahuetes – es la bandeja de comida que algún asistente de vuelo deja en nuestra mesita abatible… y que es lo único que se podrá comer en muchas horas.
Lufthansa quiere acabar con las patatas chiclosas que no se sabe si son patatas o macarrones ligeramente pasados, con la tarta que no sabe a nada y con las ensaladas de ligero regusto acartonado. La compañía se ha lanzado a una carrera innovadora en la que la última tecnología se mezcla con los saberes de su sumiller (tienen uno en plantilla) para encontrar el menú ideal que servir a 35.000 pies y que siga sabiendo igual de bien.
Para ello, la aerolínea y su socia de aventura LSG Sky Chefs han montado un simulador de última generación en el que someten a unos voluntariosos pasajeros a la tortura de un vuelo transoceánico mientras les sirven diferentes platos y estudian su reacción a sus innovaciones.
Según las investigaciones de Lufthansa, la mayor parte del sabor es en realidad olor (un 80% nada desdeñable), y en un avión se han destruido una parte lo suficientemente considerable de las mucosas de la nariz como para que no se huela igual. Por ello, han aumentado el olor con un 20% más de hierbas y especias para ver como lo llevan sus víctimas.
¿Quieren saber quienes son los que mejor resisten las alturas? El curry, el cardamomo, el lemongrass (o citronela) y el vino italiano Amarone.
Y no crean que Lufthansa es la única en hacer estas cosas… Singapour Airlines se gastó un millón de dólares en crear su propia cocina con condiciones similares a las de un vuelo. Lo que lleva el platillo puede marcar la diferencia.
Visto en The Wall Street Journal

Últimos comentarios